A medida que avanza esta estancia, este sueño extraño, la Isla va exponiendo su belleza, inadvertida en los primeros días. Las montañas han pasado del blanco del verano a un verde parduzco que refulge bajo los atardeceres invernales, como queriendo homenajear su volcánico origen. San Borondón es, ahora, un cúmulo de hogueras anaranjadas entre las que los poblados de casitas blancas se esfuerzan por resaltar. Es una belleza minimalista, sin árboles, sin ríos, sin fútiles aderezos que estorben el verdadero espectáculo: la explosión de color en tres materiales básicos, roca, mar y cielo, como únicos protagonistas.
Creo que la Isla sabe que me perderá en pocas semanas, ya sólo cuenta con el Carnaval para atraparme. Me muestro fría, distante, sencillamente amistosa, con mis amantes. Me centro en la compañía de Edina, con quien busco la forma de escapar de este curioso pedazo de lava, por siempre jamás. Madrid, Santander, ése es mi futuro. Debo recordar que ésa es la realidad, no ésta que me enreda en intrincados juegos amorosos. He de concentrarme para no perder la perspectiva. Ellos son fantasmas, han pasado por mi lado, es cierto, pero no pueden tocarme. Nada de lo aquí acontecido debería dejarme huella, cuando al fin regrese, un soleado día de abril, como dice Edina, mostrándome el color que lucirá el cielo, ese día, en sus iris ilusionados.
domingo, 16 de diciembre de 2007
miércoles, 12 de diciembre de 2007
Llamada
La otra noche, después de dejar que Carina jugara conmigo a su antojo (no siempre se ganan las partidas) pude comunicarme con el mundo real. Supongo que lo inverso a una cacofonía no es una llamada de móvil a las tantas de la mañana, pero en mi caso funcionó. A la Isla llegó una voz querida, la tuya, que me recordó la tangibilidad del mundo que aún me espera ahí fuera. Desde entonces, no sé muy bien porqué, me siento mejor, vuelvo a ser sólida y resistente a los ataques de la isla por empujarme a su seno fantasmagórico. No son las palabras que me dijiste, sino la huella de las vibraciones de tu voz en mi oído, que aún reverbera en mi memoria sensitiva, haciéndome sonreir frente a los espectros. Ahora sé, a ciencia cierta, que saldré de la Isla, victoriosa, simplemente porque debo volver a escuchar tu voz.
Partidas paralelas
Dice mi ultima conquista, la bella Carina, que las relaciones son como partidas de ajedrez y que, algunos jugadores, tenemos esa capacidad de mantener partidas paralelas ¡Si ella supiera! Nadie sospecha mis secretos, quiénes son mis rivales en las otras partidas que mantengo abiertas a base de cinismo y silencios. Algunas partidas son sencillas, tanto que desde el principio visualizas posibles jaques, pero dejas que tus torpes adversarios desplieguen sus movimientos avocados al fracaso, otras, como esta última que he iniciado con ella, son complejas, dan lugar a la formación de estrategias cambiantes. Con cada gesto, cada titubeo en la voz de Carina, cada vez que sé que ella me miente tanto como yo a ella, más me empeño en ser yo la ganadora, en hacer que sea ella la que se obsesione conmigo, por el puro placer de jugar.
Carina ¿Cómo imaginar siquiera un futuro con ella? ¿Cómo resistirme al presente que ofrece? Una mujer, un juguete nuevo. Dice ella, que las mujeres son una versión mejorada de los hombres, como una aplicación nueva de un sistema informático imperfecto, obviamente no te conoce, pero veo que, en general, tiene razón. Yo manejo casi a la perfección la aplicación "macho", ella, más compleja, más dual, más hipócrita, presenta un nuevo desafío que no sé si podré llegar a dominar jamás, pero al menos es ésta una lucha par, de igual a igual. Las cartas repartidas, alea jacta est, que comience el juego. . .
Carina ¿Cómo imaginar siquiera un futuro con ella? ¿Cómo resistirme al presente que ofrece? Una mujer, un juguete nuevo. Dice ella, que las mujeres son una versión mejorada de los hombres, como una aplicación nueva de un sistema informático imperfecto, obviamente no te conoce, pero veo que, en general, tiene razón. Yo manejo casi a la perfección la aplicación "macho", ella, más compleja, más dual, más hipócrita, presenta un nuevo desafío que no sé si podré llegar a dominar jamás, pero al menos es ésta una lucha par, de igual a igual. Las cartas repartidas, alea jacta est, que comience el juego. . .
Infidelidad
Han pasado los días, convirtiéndose en meses, la existencia en la isla ha tomado un ritmo vertiginoso, que en nada se asemeja a la lentitud con que se sucedían los atardeceres en los primeros días. Sospecho que eso es porque las pruebas que debía superar en mi estancia aquí, han resultado un fracaso de tal tamaño, que ahora la isla puja por tragarme para siempre, por convertirme en uno más de su ejército de espectros. Efectivamente, amigos, si el destino me trajo aquí con la intención de enseñarme algo, he aprendido, sólo que lo que he aprendido es que mi naturaleza tiene una tendencia clara a la corrupción y a la autodestrucción difícil de superar. Por suerte para mí, en este teatro fantasmagórico no hay público que pueda dejar constancia de lo en estos meses acontecido, pero ahora sé que de existir un Dios, un Cielo o una moral religiosa al uso, mi vida en un hipotético Más Allá está condenada al castigo. Porque como dije alguna vez, la estancia en San Borondón es como un pequeño reflejo de nuestra estancia en el mundo. Llegas confuso, sin conocer el medio ni los personajes y, poco a poco, vas interactuando con ellos, formando una red de relaciones propias que definirán la esencia de tu existencia misma. Llegar a La Isla es como volver a nacer, no hay nada predeterminado, podría haber sido un ser completamente nuevo y, en lugar de eso, he conseguido acumular en pocos meses los errores que en la vida real tardé años en cometer: secretos, mentiras, hedonismo, lujuria. . . infidelidad.
La infidelidad es como una caja de Pandora, aunque durante años hayas conseguido mantenerla cerrada, basta con abrir la tapa unos milímetros, con la excusa de saciar tu curiosidad, para que todos los vientos de la lujuria se escapen arrollándote con la fuerza de mil huracanes.
La infidelidad es como una caja de Pandora, aunque durante años hayas conseguido mantenerla cerrada, basta con abrir la tapa unos milímetros, con la excusa de saciar tu curiosidad, para que todos los vientos de la lujuria se escapen arrollándote con la fuerza de mil huracanes.
viernes, 7 de diciembre de 2007
Contexto
Hay una fuerte influencia psicoanlítica en el pensar social de nuestra era, que defiende que las personas son como son debido, principalmente, a su contexto: sus circunstancias socioeconómicas, familiares, culturales, etc. ¿Pero qué pasa cuando los individuos son sacados totalmente de ese contexto? Eso es la Isla. Por eso, para mí, el paso por San Borondón es tan interesante. La Isla prueba que las personas son de una determinada manera independientemente de sus circunstancias. Las ves llegar y, en poco tiempo, rodearse de aquéllo que les interesa, aquéllo que realmente codician: vicios y relaciones intempestuosas, hogares bellos y cálidos, eventos frívolos y apariencias glamurosas, soledad y resentimientos, . . .la gente en la isla intenta reproducir aquéllo que les definía en sus lugares de origen, crean un pequeño espejismo de su vida real, son como reflejos de lo que ellos mismos creen ser, fantasmas, por tanto, como dije en un primer momento.
Adaptarse o morir
Ante mis continuas quejas, me ha recordado mi hermano, que algunos eruditos definen la inteligencia como la capacidad de adaptarse al medio. Hay que adaptarse o morir, no hay duda, ya lo dice la Teoría de la Selección Natural, esa teoría cruel y certera como la propia Naturaleza, una teoría que me parecía justa cuando era fuerte y adaptable y que, ahora, desde mi vulnerabilidad, me parece demasiado inexorable. Aún así, he decidido aproximarme a la Isla fantasma con otro talante, dispuesta a adaptarme a toda costa. Sí, prometo dar nombres a los espectros y disfrutar de la playa y el buen tiempo, a saber, los únicos alicientes de la vida en "La Roca". Intentaré salir por las noches, refugiarme en mis libros, conseguir una bici y alejar de mi mente esos pensamientos melalcólicos de una vez por todas. . .lo siento, pero la alternativa es, como dije al principio, morir, en mi caso, morir de nostalgia.
jueves, 6 de diciembre de 2007
Edina
La vida en la isla es un reflejo de la vida misma. Lo más importante que te puede pasar es encontrar un alma afín, alguien con quien hablar y compartir tu estancia allí: un amigo. El hecho de que alguien sea testigo de tu paso por San Borondón, de tus pequeñeces y miserias diarias, conviete tu existencia en real, diferenciándote del ejercito de espectros que por la isla pululan. Mi amiga en la isla se llama Edina. Desde el momento en que la conocí pude ver su nitidez, su colorido, su solidez. Edina no tiene esa tendencia a la transparencia tan propia de los habitantes de San Borondón. Es una recién llegada, como yo. Lo que sí tenía Edina, desde el principio, era ese aire de desconcierto, esa mirada de confusión, de los primeros días aquí. Sus ojos azules parecían preguntar: "¿Qué clase de lugar es éste?" "¿Cómo he acabado yo aquí?". Edina viene de Madrid. De vez en cuando, se le escapan suspiros de nostalgia y recordamos el bullicio, las tiendas, las luces y el ritmo veloz de nuestra ciudad. Entonces siento que es más frágil que yo, que debo evitar que se me escurra hacia el mundo de los espectros envuelta en melancolía, pero quizás sea una impresión equivocada, ya que mi dependencia de ella es mayor que la suya. Edina llegó a la isla con un monovolúmen azul cielo, como sus ojos y sus ropas, en él recorremos juntas los rincones secretos de la isla. A Edina le persigue el azul. Sobre su rubia cabecita, sólo existen cielos despejados. Su presencia trae sol, alegría y sonrisas a este remedo de existencia que es nuestra estancia en San Borondón.
San Borondón
San Borondón es la octava de las islas Canarias. Algunos dicen que no existe, que es sólo un reflejo al oeste del archipiélago, una ilusión óptica que aparece y desaparece envuelta en neblina, una isla fantasma, en definitiva. Hoy hace un mes que llegué a este espejismo, a este paréntesis de existencia corriente. No dejo de repetirme que si estoy aquí es porque debo aprender algo, alguna imprescindible lección vital que se me ha escapado en el vértigo de la vida urbana.La isla es pequeña, como todas Las Afortunadas, su eje geológico es un volcán perezoso al que aquí llaman Montaña Blanca. La vegetación predominante en la isla son las piedras de lava, salpicadas por alguna que otra palmera. Lo más característico de San Borondón es el viento que ulula constántemente, llevando capas de arena de las playas del este de la isla a las del oeste y vuelta a empezar. Mi casa está en Playa Linda, un pueblo de casitas blancas, cuadradas, como un puñado de dados dispuestos en hileras regulares junto a la costa oriental. La vida en San Borondón tiene ritmo relente, de vacaciones perpetuas. De momento, paso cada atardecer en la playa desierta, cantándole al mar, al cielo, al viento y a mí misma, los unicos entes reales en este escenario. Por lo demás, vivo rodeada de espectros. Me cruzo con ellos e interactúan conmigo. Saludan, venden víveres, pasean por la playa. . .ignoran que no existen, no forman parte de mi pasado, ni tendrán espacio en mi futuro, en mi memoria. Son seres pasajeros, actores secundarios, tan superfluos que, a veces, se tornan translúcidos y me cuesta hasta mirarlos. En San Borondón, sólo estoy yo, suspendida en el tiempo, esperando que pasen estos seis meses, a su ritmo relente, para poder volver a la realidad, porque San Borondón es, en todos los sentidos, una isla fantasma, aunque sus habitantes lo ignoren.
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