miércoles, 12 de diciembre de 2007

Infidelidad

Han pasado los días, convirtiéndose en meses, la existencia en la isla ha tomado un ritmo vertiginoso, que en nada se asemeja a la lentitud con que se sucedían los atardeceres en los primeros días. Sospecho que eso es porque las pruebas que debía superar en mi estancia aquí, han resultado un fracaso de tal tamaño, que ahora la isla puja por tragarme para siempre, por convertirme en uno más de su ejército de espectros. Efectivamente, amigos, si el destino me trajo aquí con la intención de enseñarme algo, he aprendido, sólo que lo que he aprendido es que mi naturaleza tiene una tendencia clara a la corrupción y a la autodestrucción difícil de superar. Por suerte para mí, en este teatro fantasmagórico no hay público que pueda dejar constancia de lo en estos meses acontecido, pero ahora sé que de existir un Dios, un Cielo o una moral religiosa al uso, mi vida en un hipotético Más Allá está condenada al castigo. Porque como dije alguna vez, la estancia en San Borondón es como un pequeño reflejo de nuestra estancia en el mundo. Llegas confuso, sin conocer el medio ni los personajes y, poco a poco, vas interactuando con ellos, formando una red de relaciones propias que definirán la esencia de tu existencia misma. Llegar a La Isla es como volver a nacer, no hay nada predeterminado, podría haber sido un ser completamente nuevo y, en lugar de eso, he conseguido acumular en pocos meses los errores que en la vida real tardé años en cometer: secretos, mentiras, hedonismo, lujuria. . . infidelidad.
La infidelidad es como una caja de Pandora, aunque durante años hayas conseguido mantenerla cerrada, basta con abrir la tapa unos milímetros, con la excusa de saciar tu curiosidad, para que todos los vientos de la lujuria se escapen arrollándote con la fuerza de mil huracanes.

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