jueves, 6 de diciembre de 2007
San Borondón
San Borondón es la octava de las islas Canarias. Algunos dicen que no existe, que es sólo un reflejo al oeste del archipiélago, una ilusión óptica que aparece y desaparece envuelta en neblina, una isla fantasma, en definitiva. Hoy hace un mes que llegué a este espejismo, a este paréntesis de existencia corriente. No dejo de repetirme que si estoy aquí es porque debo aprender algo, alguna imprescindible lección vital que se me ha escapado en el vértigo de la vida urbana.La isla es pequeña, como todas Las Afortunadas, su eje geológico es un volcán perezoso al que aquí llaman Montaña Blanca. La vegetación predominante en la isla son las piedras de lava, salpicadas por alguna que otra palmera. Lo más característico de San Borondón es el viento que ulula constántemente, llevando capas de arena de las playas del este de la isla a las del oeste y vuelta a empezar. Mi casa está en Playa Linda, un pueblo de casitas blancas, cuadradas, como un puñado de dados dispuestos en hileras regulares junto a la costa oriental. La vida en San Borondón tiene ritmo relente, de vacaciones perpetuas. De momento, paso cada atardecer en la playa desierta, cantándole al mar, al cielo, al viento y a mí misma, los unicos entes reales en este escenario. Por lo demás, vivo rodeada de espectros. Me cruzo con ellos e interactúan conmigo. Saludan, venden víveres, pasean por la playa. . .ignoran que no existen, no forman parte de mi pasado, ni tendrán espacio en mi futuro, en mi memoria. Son seres pasajeros, actores secundarios, tan superfluos que, a veces, se tornan translúcidos y me cuesta hasta mirarlos. En San Borondón, sólo estoy yo, suspendida en el tiempo, esperando que pasen estos seis meses, a su ritmo relente, para poder volver a la realidad, porque San Borondón es, en todos los sentidos, una isla fantasma, aunque sus habitantes lo ignoren.
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