jueves, 6 de diciembre de 2007

Edina

La vida en la isla es un reflejo de la vida misma. Lo más importante que te puede pasar es encontrar un alma afín, alguien con quien hablar y compartir tu estancia allí: un amigo. El hecho de que alguien sea testigo de tu paso por San Borondón, de tus pequeñeces y miserias diarias, conviete tu existencia en real, diferenciándote del ejercito de espectros que por la isla pululan. Mi amiga en la isla se llama Edina. Desde el momento en que la conocí pude ver su nitidez, su colorido, su solidez. Edina no tiene esa tendencia a la transparencia tan propia de los habitantes de San Borondón. Es una recién llegada, como yo. Lo que sí tenía Edina, desde el principio, era ese aire de desconcierto, esa mirada de confusión, de los primeros días aquí. Sus ojos azules parecían preguntar: "¿Qué clase de lugar es éste?" "¿Cómo he acabado yo aquí?". Edina viene de Madrid. De vez en cuando, se le escapan suspiros de nostalgia y recordamos el bullicio, las tiendas, las luces y el ritmo veloz de nuestra ciudad. Entonces siento que es más frágil que yo, que debo evitar que se me escurra hacia el mundo de los espectros envuelta en melancolía, pero quizás sea una impresión equivocada, ya que mi dependencia de ella es mayor que la suya. Edina llegó a la isla con un monovolúmen azul cielo, como sus ojos y sus ropas, en él recorremos juntas los rincones secretos de la isla. A Edina le persigue el azul. Sobre su rubia cabecita, sólo existen cielos despejados. Su presencia trae sol, alegría y sonrisas a este remedo de existencia que es nuestra estancia en San Borondón.

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