A medida que avanza esta estancia, este sueño extraño, la Isla va exponiendo su belleza, inadvertida en los primeros días. Las montañas han pasado del blanco del verano a un verde parduzco que refulge bajo los atardeceres invernales, como queriendo homenajear su volcánico origen. San Borondón es, ahora, un cúmulo de hogueras anaranjadas entre las que los poblados de casitas blancas se esfuerzan por resaltar. Es una belleza minimalista, sin árboles, sin ríos, sin fútiles aderezos que estorben el verdadero espectáculo: la explosión de color en tres materiales básicos, roca, mar y cielo, como únicos protagonistas.
Creo que la Isla sabe que me perderá en pocas semanas, ya sólo cuenta con el Carnaval para atraparme. Me muestro fría, distante, sencillamente amistosa, con mis amantes. Me centro en la compañía de Edina, con quien busco la forma de escapar de este curioso pedazo de lava, por siempre jamás. Madrid, Santander, ése es mi futuro. Debo recordar que ésa es la realidad, no ésta que me enreda en intrincados juegos amorosos. He de concentrarme para no perder la perspectiva. Ellos son fantasmas, han pasado por mi lado, es cierto, pero no pueden tocarme. Nada de lo aquí acontecido debería dejarme huella, cuando al fin regrese, un soleado día de abril, como dice Edina, mostrándome el color que lucirá el cielo, ese día, en sus iris ilusionados.
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2 comentarios:
Me gusta.
Me gusta mucho.
Muchas gracias, a veces piensas que nadie te lee. . .
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